Y un día, “El Niño” volvió al Colegio y caminó la ciudad con un lápiz gigante

Con motivo de su participación en la Crack Bang Boom, el dibujante Javier “El Niño” Rodríguez visitó el Colegio de Arquitectura de Rosario y retiró, con una demora de 28 años, la reproducción a gran escala de un lápiz con su nombre que formó parte de una exitosa muestra realizada en El Túnel titulada “5 dibujantes rosarinos”. En esta nota nos cuenta qué significó reencontrarse con ese objeto que sobrevivió a la mudanza al nuevo edificio del Colegio y que hasta el viernes pasado custodiaba desde un rincón del área de Cultura las reuniones de producción de La Gaceta Arquitectura. Los detalles de este acontecimiento que se asume con una cuota de humor, pero que sirve de excusa para recordar aquella muestra y reflexionar sobre los alcances insospechados de los eventos culturales.

por La Gaceta Arquitectura

Cada tanto, ocurren situaciones -muchas de ellas insólitas e insospechadas- que permiten dimensionar el alcance de las actividades culturales que realiza el Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario. Esos acontecimientos son los que ayudan a comprender que buena parte del reconocimiento de la institución y de los vínculos que genera con distintos sectores de la sociedad, se construyen y se consolidan en virtud de la apertura hacia otras expresiones. Y también, que sus resultados no son mensurables ni inmediatos.

El breve episodio que compartimos a continuación puede ser considerado como algo mínimo e insignificante. Sin embargo, entendemos que funciona como un ejemplo válido de las múltiples e inesperadas formas que tienen algunos eventos del pasado para seguir dando frutos en el presente; una cosecha tardía que disfrutamos con gusto en otro contexto y que adquiere nuevos sentidos.

Hasta el viernes pasado, en un rincón del espacio del edificio del Colegio destinado al Área de Cultura, donde también funciona la redacción de La Gaceta Arquitectura, descansaba con la gestualidad corporal de quien fue puesto en penitencia la reproducción de un lápiz a gran escala fabricado en PVC. Ploteado en papel vinílico de color violeta, a lo largo de su contextura cilíndrica de casi dos metros de altura podía leerse en letras negras la siguiente inscripción: «Niño Rodríguez».

La historia de ese lápiz se remonta a casi tres décadas atrás y se desarrolla en El Túnel; el emblemático espacio que el Colegio tuvo en el subsuelo del Pasaje Pan entre los años 1997 y 2019 bajo la designación de Centro de Arquitectura y Diseño y que contó con la dirección del arquitecto Rogelio “Chelo” Molina. 

El 12 de febrero de 1998 se llevó a cabo en ese lugar un evento que reunió a una gran cantidad de público y cuya repercusión posibilitó que se replicara en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires: “5 dibujantes rosarinos”, una muestra que se proponía exhibir y poner en valor las obras de los artistas locales Roberto Fontanarrosa, El Tomi, Flor Balestra, Max Cachimba y El Niño Rodríguez (Sí, el del nombre impreso en el lápiz).

El libro El Tiempo de El Túnel, producido y editado por el CAUD2 en 2023 para conmemorar el 25° aniversario de este espacio tan querido por la comunidad de profesionales de la arquitectura, contiene un capítulo dedicado a la muestra “5 dibujantes rosarinos” que más abajo reproducimos en forma completa. 

En un pasaje de ese capítulo está la clave para comprender el origen de ese lápiz gigante que días atrás y junto al Niño Rodríguez, fue protagonista de este acontecimiento que cerró un ciclo y nos regaló una llamativa postal. 

“Para esa muestra de los 5 dibujantes rosarinos en El Túnel se armó una puesta en escena que incluía unos lápices gigantes que colgaban del techo como punto focal de la sala y que tenían, cada uno de ellos, el nombre de un dibujante impreso”, explica un párrafo del libro. 

El texto destaca que “esa fue una de las primeras intervenciones a nivel escenográfico en el lugar, algo que permitió un entrenamiento para una forma de hacer que se sostendría en las distintas actividades del Colegio.

En el nombre del lápiz

Tras el éxito de esta muestra, primero en El Túnel y luego en el Centro Cultural Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires, cada dibujante se llevó un ejemplar del lápiz con su nombre. Todos, menos El Niño Rodríguez. Con el cierre de El Túnel, en 2019, ese objeto formó parte de la mudanza del área de Cultura al actual edificio de Avenida Belgrano 646, donde permaneció en exhibición como un «souvenir» de los tantos eventos memorables que se llevaron a cabo en aquel espacio.

En la mañana del viernes pasado, tal como había anticipado previamente por medio de un mensaje de Whatsapp, Javier «El Niño» Rodríguez aprovechó su estadía en Rosario en el marco de su participación en la Crack Bang Boom para visitar el Colegio y concretar una misión personal: llevarse el lápiz con su nombre.

Y así fue. Los responsables del área de Cultura del Colegio recibieron a «El Niño» y le hicieron entrega del lápiz en un clima dominado por el humor que, entre otros gestos, contó con pasajes de sobreactuación paródica en referencia a esas ceremonias formales en las que se entregan objetos sagrados o que representan el traspaso de un mando o un poder.

Al anochecer de ese viernes, el Niño Rodríguez compartió una breve charla con La Gaceta Arquitectura en la que explicó qué lo llevó a retirar su lápiz tres décadas más tarde que el resto de los dibujantes que formaron parte de esa muestra, qué sensación le produjo reencontrarse con ese objeto tan particular y qué destino tendrá de ahora en adelante.

—¿Por qué decidiste, recién ahora, recuperar el lápiz con tu nombre?

—Hace un par de años alguien me hizo el comentario de que en el Colegio de Arquitectura había visto ese lápiz con mi nombre. Yo ni sabía que seguía existiendo. No imaginaba que eso sería posible. Y cuando me enteré que estaba ahí, enseguida quise tenerlo conmigo, porque los demás dibujantes se habían llevado el suyo, menos yo”, dice El Niño.

Entonces me comuniqué con el Colegio para preguntar si podía pasar a buscarlo y me dijeron que sí, que ese lápiz me pertenecía. Hubo muy buena predisposición y, la verdad, se dio una situación muy graciosa cuando fuí a buscarlo.  

Me movilizó el encadenamiento de casualidades que se dio en torno a este lápiz. Me resulta extraño que el objeto haya sobrevivido tantos años, que hayan decidido conservarlo y tenerlo ahí a la vista en el Colegio. 

—¿Y qué vas a hacer con ese lápiz?

Ahora resulta que tengo el lápiz, y me pregunto qué voy a hacer con él. Si volvió a aparecer después de tantos años, por algo será. De lo que estoy seguro es de que este lápiz será parte de mi archivo. 

Es que, así como ahora tengo este lápiz, yo estoy recuperando y reuniendo parte de mi archivo, que tenía guardado en un depósito. Es una gran cantidad de cosas, y habrá lugar para mi lápiz.

—¿Qué pasó cuando saliste del Colegio con ese objeto a cuestas?

Lo que yo no sabía, o no recordaba, es que el lápiz estaba hecho con un tubo de PVC. Fue muy graciosa la situación de encontrarme caminando por la calle con semejante objeto, en la calle con un lápiz gigante. 

En definitiva, me reí mucho con esta historia del lápiz. Yo con estas cosas me divierto mucho porque son sorpresas, cosas que suceden y que a mí me gusta seguirlas para ver hasta dónde me llevan. 

—El lápiz es una buena excusa para hablar de aquella muestra “5 dibujantes rosarinos”. ¿Qué recuerdos tenés de ese evento?

—Tengo muy buenos recuerdos de esa muestra. La noche de la inauguración estaba todo el mundo; amigos, colegas, y mucha gente que yo conocía de asistir a otros eventos que se realizaban en El Túnel. Yo vivía a dos cuadras del Pasaje Pan y era asiduo visitante de ese espacio, donde pude ver muestras muy interesantes y compartir buenos momentos. 

La muestra fue una muy buena propuesta. Estuvo muy bien pensada y montada. Estaban Roberto Fontanarrosa, El Tomi, y Flor Balestra; y Max Cachimba y yo éramos los más jóvenes de los cinco. 

Algo que siempre destaco es que fue muy importante que se exhibiera en Buenos Aires una muestra con ese título. “5 dibujantes rosarinos” era muy potente y funcionaba como una marca. 

En ese entonces yo trabajaba en agencias. Ya el hecho de ser de Rosario era una buena carta de presentación. Ser uno de los “cinco dibujantes rosarinos” me daba un prestigio. Fue un buen título que buscaba imponer una marca. En definitiva, fue una gran muestra, a la altura de los eventos que se realizaban en El Túnel. 

Lápices (capítulo del libro El Tiempo del Túnel; 2023)

El dibujo y la ilustración en cualquiera de sus formas -como lo es el arte en general- no son ajenos al mundo de los y las profesionales de la arquitectura. Tampoco lo es el humor. El 12 de febrero de 1998, dibujos de Roberto Fontanarrosa, El Tomi, Flor Balestra, El Niño Rodriguez y Max Cachimba coparon las paredes de El Túnel y convocaron a una gran cantidad de personas que, no sólo pudieron admirar las obras de estos cinco artistas de la ciudad, sino que pudieron interactuar con ellos.

El nombre de la muestra era elocuente y no dejaba lugar al equívoco ni a mayores pretensiones: <5 dibujantes rosarinos». La propuesta de hacer la muestra fue de Juan Carlos Caride y María Cristina Butteri, que estaban a cargo de una editorial que había ganado prestigio con libros de gran calidad dedicados a difundir a la ciudad de Rosario por medio de la puesta en valor-con fotografías de gran calidad- de su patrimonio edilicio y cultural.

<<Todo Rosario» ya era un clásico de esa editorial, y con <<5 dibujantes rosarinos>> buscaron poner en valor el trabajo de algunos de los artistas destacados de la ciudad en esa disciplina. En 1996 realizaron una exitosa exposición de ese catálogo en el Centro Cultural Recoleta, en Capital Federal, que estuvo organizada en forma conjunta por las secretarías de Cultura de las municipalidades de Rosario y de Buenos Aires.

Dos años después, Caride y Butteri le propusieron al Chelo Molina exhibir <<5 dibujantes rosarinos>> en El Túnel, por entonces un novedoso espacio cultural que transitaba su segundo año de existencia con una agenda variada y una creciente convocatoria.

Aquella exhibición en el Centro Cultural Recoleta había sido presentada por los organizadores y por la prensa como el des-embarco de «cuatro jóvenes dibujantes» de la mano de Roberto Fontanarrosa, asignándole al «Negro» un rol de embajador y facilitador del reconocimiento a nivel nacional de otros artistas talentosos de la ciudad de Rosario.

En el programa de mano de la muestra porteña, un breve texto firmado por el secretario de Cultura de Rosario de entonces, Héctor Tealdi, hacía explícita esta intención. Allí se destacaba que la muestra representaba una oportunidad para que «de la mano consagrada de Roberto Fontanarrosa, un indiscutido, la obra de nuestros jóvenes dibujantes se exhiba en el Centro Cultural Recoleta».

En ese sentido, la muestra en El Túnel tenía otro significado: por la amistad que lo unía a El Chelo-miembro estable de la célebre Mesa de los Galanes- Fontanarrosa jugaba de local en ese espacio cultural del Colegio de Arquitectos, y tanto Flor Balestra como El Tomi y El Niño Rodríguez ya contaban con el reconocimiento de los rosarinos y rosarinas la mayoría tenían una estrecha relación con los profesionales de la arquitectura local. En el caso de Flor Balestra, su figura como impulsora y promotora del Pasaje Pan reforzaba esta familiaridad con la gente que concurría a El Túnel.

Para la presentación de 5 dibujantes rosarinos en el Centro de Arquitectura y Diseño, cada artista había puesto a disposición de la muestra dibujos con temáticas variadas y con el inconfundible trazo que los hacía fácilmente reconocibles. En cuanto al formato de los trabajos, también había libertad de criterio: había dibujos verticales, horizontales, y todos ellos eran de pequeña escala. La uniformidad del conjunto se lograba con el enmarcado.

«Nosotros alojamos la muestra en El Túnel, pero la gran diferencia con la que se hizo en Buenos Aires es que acá se armó como algo integral, con una puesta adaptada», señala El Chelo. Y agrega: Todo estaba marcado por el hecho de encontrarnos con un espacio propio. Eso es algo que pasaba por primera vez. Inaugurar una muestra sabiendo que todo lo que se producía para la puesta en escena quedaba para el Colegio nos daba aliento a ir por más, a desplegar más y mejores acciones creativas».

En esa labor que incluía un estudio de la obra a exponer, un criterio para la utilización de recursos, conocimientos del aprovechamiento espacial, creatividad y horas de trabajo artesanal, mucho tiene que ver el equipo que conformaban Mariano Baima y Marcela Giacometti- por entonces estudiantes de arquitectura- que irían desarrollando una carrera en las artes escenográficas y que tuvieron en El Túnel a una verdadera escuela.

Para esa muestra de los «5 dibujantes rosarinos» en El Túnel se armó una puesta en escena que incluía unos lápices gigantes que colgaban del techo como punto focal de la sala y que tenían, cada uno de ellos, el nombre de un dibujante impreso.

Esa fue una de las primeras intervenciones a nivel escenográfico en el lugar, algo que permitió un entrenamiento para una forma de hacer que se sostendría en las distintas actividades del Colegio.

La dedicación en el montaje de las muestras no era una no-vedad en el Colegio de Arquitectos de Rosario. Ese cuidado en la disposición del espacio, de los objetos, y de la creación de un ambiente específico ajustado al evento, comenzó con el «Japo>> Shiira y se terminó de perfeccionar en El Túnel. De hecho, ese criterio de ambientación adaptada a la muestra llegó a convertirse en un punto fuerte del Centro de Arquitectura y Diseño y persiste hasta el día de hoy en las acciones que se llevan a cabo en el nuevo edificio del Colegio.

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