Trazas de Oriente: una lectura sintética y espacial de paisajes lejanos

Este jueves 17 de septiembre a las 19 horas se inaugura en el espacio Puerta Pequeña del Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario la muestra de fotografías “Trazas de Oriente”, que reúne registros de santuarios ancestrales, tipologías vernáculas y rascacielos hiper-modernos de Extremo Oriente hasta el Sudeste Asiático. En esta nota, su autor, Julio Benavídez, explica el origen de este trabajo y sus particularidades.

por La Gaceta Arquitectura

Julio Benavídez es un fotógrafo y realizador documental independiente que se define a sí mismo como un “documentalista visual del espacio y la cultura”. Su concepción de la fotografía trasciende  la mera captura de una imagen para asumirla como “una herramienta de análisis territorial y social que explora cómo las comunidades habitan, transforman y otorgan sentido a sus entornos construidos”.

Esas son algunas de las definiciones que el propio Benavídez compartió con La Gaceta Arquitectura en la previa a su presentación en el espacio Puerta Pequeña del Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario para acompañar este jueves 17 de septiembre desde las 19 horas la inauguración de Trazas Orientales, una muestra de su autoría que compone un catálogo fotográfico sobre el paisaje edificado desde el Extremo Oriente hasta el Sudeste Asiático. 

Tal como se anticipa en el texto de invitación a esta muestra curada por el arquitecto y fotógrafo a cargo de Puerta Pequeña, Luis Vignoli, ese paisaje edificado tiene como protagonistas a santuarios ancestrales, tipologías vernáculas y rascacielos hiper-modernos de esas latitudes fotografiados por Benavídez. 

“La exposición examina la tensión dialéctica entre la memoria de la materia —lítica, vegetal o de acero— y la precisión de la alta ingeniería. De la geometría sagrada de Angkor, Bagan y Bali, a la escala vertiginosa de Tokio, Rangún y Kuala Lumpur, cada fotografía funciona como un corte analítico sobre el territorio”, apunta el texto.

El diálogo con Julio Benavídez nos brinda más detalles de esta muestra y nos permite conocer el itinerario que le permiten tomar contacto con esas edificaciones tan exóticas para nuestra perspectiva local y las motivaciones para realizar ese registro fotográfico. 

—¿Cómo llegás a tomar contacto con estos lugares y estas obras? 

Esta muestra es el resultado de un proceso de investigación visual y un trabajo de campo prolongado en Camboya, Mongolia, Japón, Myanmar, Indonesia, Malasia, Tailandia, Corea del Sur, etc. 

Los viajes no surgieron bajo la lógica del itinerario turístico, sino como expediciones documentales enfocadas en la observación participante de la cultura en general, donde la arquitectura y la vida urbana representan tan sólo una fracción infinitesimal de ese vasto recorrido.

—¿Cuál es el propósito o el criterio para seleccionar ese material?

—El propósito central de Trazas de Oriente es trascender la imagen puramente contemplativa para ofrecer una lectura sintética y espacial del territorio. El criterio de selección del material se articuló sobre tres ejes fundamentales: la tectónica de la materia (el comportamiento del hormigón, la piedra, la madera y el bambú frente al clima y el tiempo), la calidad de la luz y la sombra en la definición de las geometrías, y la relación escalar entre la monumentalidad del edificio y la escala humana que lo habita. 

Busqué piezas donde la composición fotográfica funcione casi como un corte o una axonométrica, revelando la estructura oculta de cada proyecto.

—¿Cómo definís a esta muestra y al contexto de lo que estás mostrando? ¿Cómo concebís la idea de que se presente como algo “exótico”?

—Yo desafío intencionalmente la noción de lo «exótico». El exotismo suele distanciar al espectador, reduciendo las culturas lejanas a una categoría pintoresca o decorativa. Trazas de Oriente propone exactamente lo opuesto: traducir ese contexto aparentemente ajeno a un lenguaje arquitectónico universal comprensible desde el rigor técnico.

Defino la muestra como un atlas visual de soluciones espaciales. Cuando analizamos la estereotomía de la piedra en Angkor Wat, el manejo de la ventilación en la arquitectura vernacular birmana o la tecnología antisísmica de las torres en Tokio, nos encontramos con problemas proyectuales universales: la gravedad, el clima, la escala y la luz. 

La distancia geográfica se disuelve cuando se comprende que estos edificios, más allá de sus ornamentos o símbolos, son respuestas profundas a la necesidad de cobijo, rito y densidad urbana.

—¿Qué particularidades observás en esos santuarios y edificios autóctonos que puedan generar un interés para los y las profesionales de la arquitectura?

—Para la comunidad de arquitectos locales, el interés radica en la lección tectónica y ambiental que ofrece esta arquitectura. En un contexto global donde a menudo prima la envolvente estandarizada, estos santuarios y tipologías autóctonas enseñan una integración absoluta entre estructura, materialidad y clima.

Yo destaco cuatro puntos clave para el ojo profesional: El primero es el manejo del umbral y la penumbra: La arquitectura de la región no busca la luz cenital deslumbrante, sino la gradación de la sombra mediante aleros profundos, galerías y filtros de madera o bambú.

El segundo; los sistemas constructivos y la pátina: La convivencia de la madera de teca o la fibra vegetal con la piedra volcánica muestra una sostenibilidad natural que absorbe el paso del tiempo y la humedad tropical sin perder integridad formal.

En tercer lugar, la secuencia procesional: La organización de los espacios sagrados no es estática; está pensada desde el recorrido, la transición gradual de vacíos y la compresión espacial antes del acceso al recinto sagrado.

Y por último, el diálogo entre herencia y vanguardia: La muestra expone cómo los rascacielos contemporáneos en Asia reinterpretan la geometría y las celosías tradicionales en clave de alta ingeniería, aportando valiosas reflexiones sobre la identidad en la arquitectura contemporánea.