Graciela Schmidt: un camino personal en la reflexión colectiva sobre la mujer y la arquitectura
A sus 91 años, la arquitecta Graciela Schmidt es una de las profesionales que fue convocada por el Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario para compartir en un micro-podcast sus reflexiones en el marco del Día Internacional de la Mujer. “Nuestras arquitectas hacen y dicen” es el lema de esta campaña. Y Schmidt -arquitecta, docente, investigadora y fundadora de la Comisión de Mujeres del Colegio- hizo y dijo mucho. En esta charla con La Gaceta Arquitectura nos comparte algunas historias de su recorrido profesional y sus opiniones sobre las nuevas formas de concebir los espacios de lucha por parte de sus colegas.

por La Gaceta Arquitectura
En el Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer trasciende el 8 de marzo y se prolonga por todo el mes. Y, de ser necesario, un poco más también. Esa extensión permite desplegar con mayor amplitud las acciones y actividades que las colegas de la institución organizan para esta fecha, con las voces de las arquitectas locales como protagonistas excluyentes.
En esta oportunidad, la campaña para el Mes de la Mujer consistió en la producción del micro-podcast «Nuestras arquitectas hacen y dicen», que se difunde en las redes y página web del Colegio. Allí podemos escuchar las palabras de arquitectas pertenecientes al Distrito Rosario y de ámbitos y edades diversas, respondiendo a un cuestionario que permite contar con una mirada amplia sobre algunos aspectos vinculados al rol de la mujer en la arquitectura y la sociedad.
Graciela Schmidt es una de las profesionales que participa de esta campaña. En el conjunto de colegas de distintas generaciones que reflexionan sobre el presente de la mujer en la arquitectura, los derechos conquistados con sus luchas y el camino que hay por recorrer, la voz de esta mujer de 91 años que es pionera en esta temática tiene un peso específico.
En sus palabras, en su valoración del rol de las mujeres y sus problemáticas, y en los límites que ella traza a las reivindicaciones y hasta al propio colectivo que integran, podemos encontrar tanto la continuidad de un legado como un contrapunto respecto a las nuevas formas de asumir y debatir el rol de la mujer en la arquitectura.



Como bien aprendimos de Les Luthiers, «todo tiempo pasado fue anterior». Por lo tanto, una breve reseña sobre su trayectoria nos permite acercarnos a su figura y poner en contexto algunas de las definiciones que Schimdt realiza en la charla que mantuvo días atrás con La Gaceta Arquitectura:
Graciela Schmidt se graduó como arquitecta en 1961 en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y en 1982 se convirtió en la primera Doctora Arquitecta de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Se desempeñó como profesional independiente con estudio propio y realizó proyectos de viviendas individuales y colectivas, conjuntos deportivos-recreativos e institucionales con concursos premiados.
A la par, desarrolló una destacada carrera como docente e investigadora. En el ámbito académico dio clases en la Cátedra de Historia de la Arquitectura de la FAPyD (UNR), participó como jurado de concursos de profesores, fue miembro de la Comisión Evaluadora Docente de la UNR, y titular de la materia optativa de la sobre estudios de género “Mujer, ciudad y arquitectura”.
Autora de libros y artículos sobre género, patrimonio arquitectónico y urbanismo, y activa participante de espacios de investigación a nivel local, nacional e internacional, Schmidt es pionera en la visibilización del rol de la mujer en la profesión, creando en 1996 la Comisión de Mujeres Arquitectas del Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario -por entonces, “Colegio de Arquitectos”- e integrando la Comisión de Preservación del Patrimonio de esa entidad y la Unión Internacional de Mujeres Arquitectas (UIFA).

La entrevista de La Gaceta Arquitectura con Graciela Schmidt tiene lugar en el luminoso departamento del octavo piso del edificio de calle San Lorenzo al 1.600 donde vive y que ella misma construyó veinticinco años atrás.
Una charla previa sobre las cualidades de la planta libre y otros detalles constructivos del lugar la llevan a señalarnos un espacio en el que se exhiben paneles con algunas obras suyas, distinciones municipales, y fotos grupales junto a colegas de la Comisión de Mujeres del Colegio de Arquitectura y Urbanismo de Rosario. «Ahí está todo», dice.
Graciela no lo supo en su momento, y posiblemente se entere ahora, cuando lea esta entrevista: haciendo un ademán para enfatizar una afirmación, apoyó su dedo índice con fuerza y determinación sobre el teléfono que venía grabando sus palabras y borró todo lo registrado hasta el momento.
En esos diez o quince minutos de charla eliminados en forma involuntaria, Graciela Schmidt contaba -entre otras cosas- cómo se inició su vínculo con la arquitectura; la decisión de estudiar esa carrera, la vida universitaria de aquellos años, y sus primeros pasos en ese ámbito.
Entre otros datos de su vida personal que contó al pasar en ese tramo inicial de la charla, rescatamos una suerte de postal que revela buena parte su carácter, de esa forma de abrirse paso desde el hacer y afrontando las circunstancias: una joven Graciela manejando un Citroën 2 CV desde Rosario a Cruz Alta (Córdoba), recorriendo esos 120 kilómetros para dar clases de educación física en una escuela de esa localidad.
Según contó, el camino no estaba en buenas condiciones por aquellos años, y hacer ese trayecto llevaba bastante tiempo; más aún en aquel Citroën que más de una vez la obligaba a detenerse al costado de la ruta porque el viento levantaba el techo de lona y tenía que acomodarlo para poder seguir viaje.
Al margen de esa escena rutera, aquel tramo de su relato contenía un dato que exigía una respuesta esclarecedora para completar su biografía: ¿Clases de educación física? Afirmativo. Graciela contó que cuando ella se mostró decidida a estudiar arquitectura, su madre le aconsejó que, a la par, buscara algo que la mantuviera con actividad física para contrarrestar el sedentarismo y las horas «encorvada» frente a un tablero.
Así fue que complementó sus estudios de arquitectura con los de maestra de educación física. Incluso, comentó que los ingresos que obtenía dando clases en escuelas -primero en San Lorenzo y luego en Cruz Alta- le permitían costearse sus estudios de arquitectura.
«Para ir a San Lorenzo manejaba un Jeep», soltó entre risas, sumando otro capítulo a esa road movie que la tiene como protagonista en su papel de mujer arquitecta todo terreno.
Y después sí; con el teléfono al resguardo de sus ademanes, Graciela Schmidt nos compartió algunas reflexiones y definiciones personales sobre la conmemoración del Día de la Mujer
—¿Cómo vivís en esta etapa de tu vida la conmemoración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer?
—Yo a las marchas por el Día de la Mujer no fui nunca, y menos voy a ir ahora. Nosotras, desde la Comisión de Mujeres Arquitectas del Colegio, todos los años hacíamos eventos para el 8 de marzo en El Túnel, que era el espacio que teníamos en ese momento.
Religiosamente hacíamos jornadas especiales con teatro, danza, o cine debate. Estábamos muy activas como comisión. Y para esa fecha tan especial siempre pensábamos qué podíamos organizar. Recuerdo que una vez llevamos a la actriz Mónica Alfonso y fue algo muy lindo.
Pero yo siempre conmemoré el Día de la Mujer Arquitecta, con temas vinculados a nuestra disciplina, siempre desde ese lugar. Yo considero que si te enfocas en lo tuyo y le ponés energía y tiempo a eso, hay muchas posibilidades de que hagas las cosas bien.
Eso no quita que te interesen otras cosas. En mi caso, yo soy curiosa con las cosas que me gustan, como la literatura, la filosofía, o la historia. Siempre me gustó cruzar la arquitectura con esas otras cosas.
—¿Observas que hoy hay una forma diferente de conmemorar esta fecha?
—Sí. Nosotras hablábamos de la mujer arquitecta. Y yo veo que hoy hay mucha mezcla en los espacios de mujeres arquitectas. Me refiero a que observo demasiada amplitud, tanto en la participación como en las problemáticas que se tratan. En mi opinión, hay temas que exceden el sentido de esos espacios.
Sin dudas, esto tiene que ver con algo generacional, con cambios en la sociedad. Y, claro, yo lo veo desde otro lugar. Por ejemplo, advierto que hay un riesgo de terminar emulando a los hombres en algunas de las cosas que menos nos gustan de ellos.
—¿Podés ampliar o explicar mejor este último concepto?
—Sí. En un curso de literatura que hice hace un tiempo, leyendo las tragedias griegas se puede observar que el hombre ya tenía esa cosa del poder indiscutible, como algo dado. Entonces, yo creo que ahora, después de tanto recorrido y espacios que nos hemos ganado en la sociedad, no tenemos que aspirar nosotras a tener ese papel.
Yo prefiero que nos pensemos como mujeres arquitectas y hombres arquitectos trabajando a la par. Es verdad que muchos arquitectos aún tienen que hacer una fuerte deconstrucción. Pero yo veo bien que seamos distintos. No quiero que perdamos las singularidades de cada uno, porque eso es algo bueno, y hay que convivir con esa diferencia.
—¿Qué tan fácil te resultaba encontrar aliadas entre tus colegas para participar de los primeros encuentros de la Comisión de Mujeres Arquitectas?
—No voy a dar nombres y ni apellidos, pero hay anécdotas emblemáticas que demuestran la actitud de algunas mujeres arquitectas y las dificultades para hacerse valer. Había arquitectas que estaban casadas con colegas y que para participar, antes tenían que preguntarle a sus maridos. Algunas me llegaron a decir que no podían venir a una reunión porque a esa hora tenían que hacer trámites bancarios del estudio que compartía con su marido arquitecto.
Mi situación era muy distinta. Yo no establecí pareja hasta los cincuenta años. Siempre tuve amigos, pero no parejas estables. Tampoco llegué a tener hijos. Yo por la arquitectura lo di todo. Siempre pensé que ser madre implicaba una responsabilidad que iba a afectar mi dedicación a la carrera profesional.
—¿Y cómo era tu relación con los hombres en las obras?
—Nunca tuve problemas. Yo me hacía amiga de los albañiles. Muchos de ellos eran italianos. Con uno de ellos hacíamos un intercambio: yo quería que el contramarco no agarrara la pared sino que tuviera una bugna, y él me enseñaba cómo hacerla. Y yo le explicaba algunas cosas sobre la ubicación de los hierros en los aleros con vuelo.
Y había otro con el que tuve una relación de trabajo y de amistad muy buena. Al día de hoy, ya fallecido, su mujer, también italiana, me sigue llamando para ver cómo ando.
No conocí a ninguna arquitecta de mi generación, o de mi entorno, que fuera a las obras. Todas ellas trabajaban en el estudio. Matilde Luetich sí, ella iba. Pero ahí hay una diferencia: ella tenía un trato muy firme con los hombres, y yo era más maternal.



